miércoles, 18 de abril de 2018

Entre Apolo y Dionisos


                         


Sentada en esa plaza, aquella mujer de piel trigueña, cabellos castaños, ojos café y rasgos marcados, de figura esbelta, y curvas que invitan al placer. Debatía en su interior - cual filósofo griego- entre lo APOLÍNEO Y lo DIONISÍACO. Lo apolíneo la centraba en su deber de esposa ante este hermosa escultura de hielo ( pero uno que nunca sucumbe al calor humano) al que había elegido como esposo pues cuadraba exactamente en la virtudes que se le asignan a un hombre para tales fines. Pero en las noches en que lo DIONISÍACO le colmaba su ser, y su mujer ardía por sentir, ella sólo se conformaba con abrazos fraternales.
Pero ése día Nietzsche había hecho nido en su pensamiento, y sin dudas supo que lo DIONISÍACO  no es oscuro, sino apenas el atisbo claro de lo que implica sentirse mujer, y como tal vibrar. La voces apolíneas de sus mandatos le golpeaban en su rostro cual brisa que nos acaricia. Pero el crepitar de las entrañas poco lugar le daban a esos reclamos morales. Su mente fue acallada por el palpitar de ese corazón, la sensibilidad de su piel, esa sangre que la recorría que ese día parecía quemarla por dentro. Aunque quien la viera  caminar en esa mañana no notara más que una señora elegante que camina ensimismada, seguramente reflexionando sobre el libro que lleva en su mano una obra NIETZSCHE, titulada "La crítica más radical a los valores y a la moral de la cultura occidental". Atrás quedaron las entrevista de esa mañana en su oficina, sus dos niños en el colegio, su esposo en su estudio de abogados de reconocido prestigio, su madre en el primer asiento de la iglesia, y ahora ella sólo camina a encontrarse con su instinto, con su oxígeno clamando por llegar a lo más recóndito de su ser, y al sentir (ése al que había  renunciado el mismo día que dijo: sí acepto)
Lleva su cartera, su libro y camina lento como si el tiempo la esperara a la vuelta de la esquina. Pero no es el tiempo quien la aguarda, es él y  desde hace más de media hora. Sube a su auto y recorren esas cuadras de la plaza al hotel, con su mano izquierda debajo de la mano derecha de él, y en cada semáforo los besos se escapan de ellos y se funden.
Pues ella a decidido dejar atrás lo apolíneo -aunque más no sea por unos instantes- y entregarse a los brazos DIONISÍACOS  de la verdad absoluta(según Nietzsche), del ejercer de MUJER.

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