Sabías del lugar donde sangraba en silencio
y, sin embargo, entraste.
No como quien abriga,
sino como quien abre la tierra
para probar hasta dónde duele.
Hundiste la noche en mi carne,
sembraste espinas en lo abierto,
y te quedaste a mirar
cómo florecía el dolor.
Dime,
¿qué invierno traías en las manos
para convertir mi herida en territorio?
No se hiere así por azar.
No se rompe así sin memoria.
Yo grité en un idioma sin sonido,
un temblor apenas,
una grieta en el aire
que nadie más pudo oír.
Y de esa grieta
salió mi voz —mansa—,
pero con la fuerza
de lo que ya no se niega:
tu sombra no te absuelve,
tu tormenta no te vuelve inocente.
Sólo revela
la forma exacta de tu abismo.
Y eso…
eso es lo que duele:
no la herida,
sino haber creído
que en vos
había luz.
Mercedes Raquel Enrique 15/05/2012 Bs As. Argentina
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